La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En cualquier caso, un viejo canoso de sesenta o sesenta y cinco años, llamado Térejov, que encontré encerrado en una celda oscura, me pareció un auténtico canalla. La vÃspera de mi llegada lo habÃan azotado y cuando hablamos del tema, me mostró las nalgas cubiertas de cardenales. Según cuentan los otros presos, a lo largo de su vida ese viejo ha matado a sesenta personas. Su sistema era el siguiente: se fijaba en los nuevos presos, tratando de determinar cuáles eran los más ricos, y les proponÃa que se evadieran con él; una vez en la taiga, los asesinaba y los despojaba y, para borrar todas las huellas de su crimen, los cortaba en trozos que arrojaba al rÃo. La última vez que lo atraparon se defendió de los guardias con una porra. Al mirar sus ojos turbios y grises y su gran cráneo, afeitado de un solo lado, anguloso como un canto rodado, me sentà predispuesto a creer todas esas historias. Un ucraniano, también alojado en una celda oscura, me conmovió por su ingenuidad: le pidió al inspector que le devolvieran los ciento noventa y cinco rublos que le habÃan quitado durante un registro.
—¿Y de dónde los habÃas sacado? —le preguntó el inspector.
—Le juro por lo más sagrado que los gane a las cartas.