La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En cuanto al tercer compromiso, no se ha respetado nunca. Desde la fundación de Dué, se admite que los menesterosos y los necios trabajen por sí mismos y por los demás, mientras los tramposos y los usureros beben té, juegan a las cartas o se pasean por el muelle con un tintineo de cadenas, conversando con el vigilante previamente sobornado. En ese contexto, se producen constantemente historias escandalosas. Así, una semana antes de mi llegada, un preso rico, antiguo comerciante de San Petersburgo e incendiario, fue azotado con varas de abedul por su presunta negativa a trabajar. Es un hombre estúpido, que no sabe ocultar su dinero. Después de haber estado pagando inmoderados sobornos, se cansó de entregar cinco rublos al vigilante y tres al verdugo. El vigilante se quejó al inspector de que cierto preso no quería trabajar y este condenó al comerciante a treinta latigazos, que el verdugo, como es natural, le aplicó con celo. Mientras le azotaban, el comerciante gritaba: «¡Jamás me habían pegado!». Una vez cumplido el castigo, se sometió, pagó al vigilante y al verdugo y, como si no hubiera pasado nada, siguió contratando los servicios de un colono para que trabajara en su lugar.