La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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—¿Juegas al stoss? —le pregunté después de una pausa.

—Así es, excelencia, al stoss.

Más tarde, al abandonar Verjni Armudán, le pregunté a mi cochero-confinado:

—¿Juegan por dinero?

—Pues claro.

—¿Y qué pueden perder?

—¿Cómo que qué? Su ración diaria, pan, o pescado ahumado. Pierden la comida y la ropa y luego pasan hambre y frío.

—Y ¿qué comen?

—¿Qué? Bueno, cuando ganan, comen; y cuando no ganan, se van a la cama con el estómago vacío.

Más abajo, siguiendo el curso del mismo afluente, hay otra colonia algo más pequeña: Nizhni Armudán. Llegué a esa localidad a última hora de la tarde y pasé la noche en el desván de la garita del vigilante, junto al tubo de la estufa, pues mi anfitrión no me dejó entrar en su habitación: «No puede pasar aquí la noche, excelencia; hay montones de chinches y de cucarachas, un verdadero ejército —dijo, con un gesto de impotencia—. Es mejor que vaya arriba».


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