La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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No cabe duda de que los propietarios y sus compañeras se aburrían y tenían ganas de pasar un buen rato charlando de esto y de lo otro. Reían de aburrimiento y a veces, para variar, rompían a llorar. Eran unos fracasados, en su mayoría neurasténicos y llorones, «gente de más» que lo había intentado todo para conseguir un pedazo de pan, había perdido las pocas fuerzas que tenía y había terminado por rendirse, pues no había «manera ni medio de salir adelante». La inactividad forzosa poco a poco ha ido convirtiéndose en hábito, y ahora languidecen esperando que todo les venga llovido del cielo; no les apetece dormir, no hacen nada: es probable que ya no sean capaces de realizar tarea alguna, aparte de jugar a las cartas. Por extraño que pueda parecer, los juegos de naipes florecen en Verjni Armudán y sus jugadores gozan de fama en todo Sajalín. A falta de medios, los habitantes de Armudán apuestan cantidades muy bajas, pero juegan sin pausa, como en la obra Treinta años o la vida de un jugador. Con uno de los más empedernidos e infatigables jugadores, el colono Sizov, tuve la siguiente conversación:

—Excelencia, ¿por qué no nos permiten regresar al continente? —me preguntó.

—¿Y para qué quieres ir? —le dije en broma—. No tendrías con quién jugar.

—Allí sí que se juega de verdad.


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