La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Tras un pequeño descanso, a eso de las cinco de la tarde, regresamos a pie a Voskresénskoie. La distancia no era grande, unas seis verstas en total, pero, como no estaba acostumbrado a caminar por la taiga, me sentí fatigado desde la primera versta. Lo mismo que antes, llovía copiosamente. Nada más salir de Uskovo tuvimos que cruzar un riachuelo de un sazhen de anchura, cuyas orillas estaban comunicadas por tres troncos delgados y retorcidos; todos pasaron felizmente, pero yo tropecé y una de mis botas se llenó de agua. Avanzábamos por un sendero largo y recto, abierto para la proyectada carretera, por el que no se podía dar un paso sin perder el equilibrio o trastabillar: zanjas, charcos, arbustos ásperos como alambre de espino, raíces en las que se tropezaba; pero lo peor y más desagradable eran las ramas secas y los troncos derribados para abrir la carretera, que se ocultaban traicioneramente debajo del agua. Apenas habías superado un tronco, empapado en sudor, y seguías caminando por una ciénaga, cuando aparecía otro y tenías que encaramarte a él, mientras los compañeros te gritaban que no podías ir por ahí, que tenías que rodearlo por la derecha o por la izquierda. Al principio, todos mis esfuerzos se concentraban en un solo objetivo: no llenarme de agua la otra bota, pero pronto renuncié y me abandoné al curso de los acontecimientos. Oía la dificultosa respiración de los tres colonos que nos seguían cargando con nuestras pertenencias… El calor me sofocaba, me costaba respirar, tenía sed… Íbamos con la cabeza descubierta, para que la marcha resultara menos penosa.