La isla de Sajalin
La isla de Sajalin El general, jadeando, se sentó en un grueso tronco; nosotros hicimos lo mismo. Ofrecimos un cigarrillo a los colonos, que no se atrevieron a sentarse.
—¡Uff! ¡Qué fatiga!
—¿Cuántas verstas faltan para llegar a Voskresénskoie?
—Unas tres.
El más ágil era A. M. Butakov. Antaño emprendía largos periplos por la taiga y la tundra, de manera que seis verstas no suponían ningún esfuerzo para él. Me habló de su viaje de ida y vuelta por el río Poronai hasta el golfo de Terpenie: el primer día es una verdadera tortura, y uno se cree al límite de sus fuerzas; al día siguiente se siente todo el cuerpo dolorido, pero la marcha resulta ya más fácil; a partir del tercer día parece como si uno tuviera alas o fuera llevado por una fuerza invisible, aunque los pies siguen enredándose en la dura maleza y hundiéndose en las charcas.
A mitad de camino empezó a caer la tarde y en pocos instantes nos vimos envueltos en una impenetrable oscuridad.