La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Yo ya había perdido la esperanza de que ese paseo acabara alguna vez y caminaba a tientas, con el agua hasta las rodillas, tropezando en los troncos. A nuestro alrededor, aquí y allá, titilaban o destellaban inmóviles fuegos fatuos; charcos enteros y enormes árboles podridos brillaban con colores fosforescentes, y mis botas estaban salpicadas de chispas resplandecientes como luciérnagas.
Pero, gracias a Dios, a lo lejos brilló un fuego de verdad, no fosforescente. Alguien nos llamó; nosotros respondimos y al poco rato apareció un vigilante con un farol. Caminando a grandes zancadas por los charcos, en los que se reflejaba la luz del farol, nos condujo a su vivienda atravesando todo Voskresénskoie, que apenas se distinguía en la oscuridad[44].
Mis compañeros habían llevado ropa seca y, al llegar a la casa del vigilante, lo primero que hicieron fue cambiarse; yo no había llevado nada y tuve que quedarme como estaba, calado hasta los huesos. Bebimos té, charlamos un rato y luego nos fuimos a dormir. En casa del vigilante solo había una cama, que ocupó el general; nosotros, simples mortales, dormimos en el suelo sobre un montón de paja.