La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Para no encallar en los bancos de arena, decidió no navegar de noche, así que después de la puesta de sol echamos el ancla cerca del cabo Dzhaore. En lo alto del cabo se alza una casucha solitaria en la que vive el oficial de marina B., encargado de jalonar el paso y de vigilar las balizas. Detrás de la casucha se extiende la impenetrable y frondosa taiga. El capitán envió carne fresca a B. Aproveché la ocasión y me dirigí a la orilla en un esquife. En lugar de embarcadero había un montón de grandes piedras resbaladizas entre las que tuve que saltar. Hasta la casucha conducía una hilera de peldaños de madera hundidos casi en vertical, de manera que había que agarrarse con las manos. ¡Fue terrible! Mientras escalaba el montículo y ganaba la casa, me vi rodeado, literalmente, de una nube de mosquitos. El aire se oscureció, la cara y las manos me escocían, y no había manera de protegerse. Estoy persuadido de que, si una persona tuviera que pasar allí la noche al raso, sin rodearse antes de hogueras, podría llegar a morir o al menos a perder la razón.