La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Un vestíbulo divide la isba en dos mitades. En la parte de la izquierda viven los marineros y en la de la derecha el oficial y su familia. Este último no estaba en casa, pero encontré a una dama distinguida y vestida con elegancia, su mujer, así como a sus hijas, dos muchachitas devoradas por los mosquitos. Las paredes estaban totalmente cubiertas de ramas de abeto y las ventanas tapadas por piezas de gasa; olía a humo, pero, a pesar de todo, había mosquitos que se ensañaban sin piedad con las muchachas. El mobiliario de la habitación, nada suntuoso, tenía cierto aire de equipo de campaña, pero no carecía de encanto ni de buen gusto. Había algunos estudios en la pared, entre ellos una cabeza de mujer hecha a lápiz. Resultó que B. era pintor.

—¿Viven bien aquí? —le pregunté a la dama.

—Estaríamos mejor sin los mosquitos.

La carne fresca apenas la alegró. Según sus palabras, tanto ella como las hijas, se habían acostumbrado hacía mucho a la carne salada y la fresca no les gustaba.

—A propósito, ayer preparamos truchas —añadió.

Un sombrío marinero me acompañó al esquife. Como si hubiera adivinado la pregunta que no me decidía a formularle, me dijo con un suspiro:

—¡Uno no viene aquí por propia voluntad!


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