La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En las partes de la cárcel donde era posible observar las reglas de la higiene, el prurito por la limpieza era hasta exagerado. Tomemos como ejemplo las cocinas y la panadería: el lugar mismo, los muebles, la vajilla, el aire y la ropa de los empleados están tan pulcros que superarían la inspección sanitaria más puntillosa; además, es evidente que en este lugar la preocupación por la limpieza es constante y no depende de eventuales inspecciones. Cuando visité la cocina, estaban calentando al fuego varios calderos de sopa de pescado fresco, un alimento poco saludable, pues el pescado migratorio que se captura en el curso alto de los ríos causa una aguda inflamación intestinal; pero, pasando por alto esa circunstancia, no cabe duda que cada preso recibe la cantidad de alimento que le corresponde por ley. Al confiar la dirección y la organización de las tareas interiores de la cárcel a exiliados privilegiados que responden de la calidad y cantidad de la ración, creo que se evitan sucesos tan escandalosos como la distribución de sopa maloliente o pan lleno de tierra. Cogí al azar varias raciones de pan, amontonadas para su entrega, y las pesé: todas pesaban infaliblemente más de tres libras.