La isla de Sajalin
La isla de Sajalin El comandante de la isla goza de un poder enorme y hasta terrible, pero un día en que viajaba en su compañía desde Verjni Armudán hasta Arkovo, nos encontramos con un guiliako que, sin ningún empacho, nos gritó un imperativo «¡Alto!» y a continuación nos preguntó si habíamos visto por el camino a su perro blanco. Los guiliakos, como se ha dicho y se ha escrito, desconocen la noción de autoridad familiar. El padre no piensa que es superior a su hijo y el hijo no siente respeto por el padre y vive como se le antoja. Una madre de avanzada edad no tiene más poder en la yurta que su hija adolescente. Boshniak escribe que vio varias veces cómo un hijo golpeaba a su madre y la echaba de casa sin que nadie se atreviera a levantar la voz. Todos los miembros masculinos de una misma familia ostentan la misma autoridad. Si se convida a vodka, hay que ofrecer incluso a los más pequeños. En cuanto a las mujeres, carecen de derechos, ya se trate de una abuela, una madre o una niña de pecho. Se las trata como animales domésticos, como un objeto que pueden tirarse o venderse, o como un perro al que se expulsa a patadas. No obstante, los perros reciben caricias alguna vez; las mujeres, nunca. Conceden menos importancia a una boda que a una borrachera, no la acompañan de ningún rito religioso o pagano. El guiliako troca una lanza, una barca o un perro por una muchacha, la lleva a su yurta, yace con ella sobre una piel de oso, y eso es todo. La poligamia está admitida pero no muy extendida, aunque aparentemente las mujeres son más numerosas que los hombres. El desprecio por la mujer, a la que se considera una criatura inferior o un objeto, llega en los guiliakos a tal extremo que ni siquiera consideran reprensible reducirlas a esclavitud, en el sentido más exacto y literal de la palabra. Según atestigua Shrenk, los guiliakos suelen llevar mujeres ainas en calidad de esclavas. No cabe duda de que para el guiliako la mujer no es más que una mercancía, igual que el tabaco o el tejido. Strindberg, escritor sueco famoso por su misoginia, que desearía que la mujer estuviera totalmente sometida a los caprichos del hombre, comparte los mismos principios que los guiliakos. Si algún día visitara Sajalín Meridional, los abrazaría calurosamente.