La isla de Sajalin
La isla de Sajalin El general Kononóvich me dijo que quería rusificar a los guiliakos de Sajalín. Me pregunto con qué objeto. Por otra parte, ese proceso se inició mucho antes de la llegada del general, en concreto, cuando algunos funcionarios que recibían sueldos muy bajos empezaron a lucir ricas pellizas de piel de zorro o marta cibelina, y en las yurtas guiliakas aparecieron botellas de vodka[55]. Más tarde a lo guiliakos se les ofreció la posibilidad de tomar parte en la persecución de los fugitivos, estableciéndose una recompensa por su captura, muertos o vivos. El general Kononóvich promulgó un decreto en que se autorizaba la contratación de guiliakos como carceleros. En uno de esos textos precisa que tomó esa decisión en razón de la extrema carencia de hombres familiarizados con el lugar y para facilitar la relación de las autoridades con los indígenas. De viva voz me confesó que esa nueva medida perseguía también el objetivo de la rusificación. Los primeros guiliakos que aceptaron el título de carcelero fueron Vaska, Ibalka, Orkun y Pablinka (Ordenanza N.º 308, 1889). Luego Ibalka y Orkun fueron despedidos «por sus continuas faltas de asistencia a la oficina de la administración para recibir instrucciones» y se nombró a Sofronka (Ordenanza N.º 426, 1889). Vi a esos carceleros. Tienen una placa y un revólver. El más notorio y popular es Vaska, un borracho hábil y astuto. Un día, al entrar en la tienda del fondo colonial, me encontré a varios representantes de la intelligentsia; Vaska estaba en el umbral; alguien, señalando un estante lleno de botellas, dijo que si una persona se bebiera todo eso, se cogería una buena borrachera. Entonces, Vaska esbozó una sonrisa servil y obsequiosa. Poco antes de mi llegada un carcelero guiliako había disparado a un preso estando de servicio y los sabios locales solo se ocuparon de una cuestión: si había disparado de frente o por la espalda, es decir, si se debía arrestar al guiliako o no.