La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Al hablar de las peculiaridades de las colonias del sur, he olvidado mencionar una: los frecuentes envenenamientos por acónito (Aconitum napellus). Es lo que le sucedió en Mitsulka al cerdo del colono Takovi, quien, para que nada se echara a perder, se comió el hígado del animal y estuvo a punto de morir él mismo. Cuando visité su isba, apenas podía tenerse en pie y hablaba con voz débil, pero contaba la historia del hígado con una sonrisa en los labios, aunque su rostro hinchado y amoratado mostraba a las claras el alto precio que había pagado por esa comida. Un poco antes, un viejo llamado Konkov se envenenó con acónito y murió. Su casa sigue vacía; esa casa es una de las curiosidades de Mitsulka. Hace algunos años el antiguo inspector de la prisión, confundiendo una planta trepadora con una parra, informó al general Hintze de que en Sajalín Meridional crecía una variedad de uva que podía cultivarse con éxito. El general Hintze ordenó al punto que se tomaran las medidas oportunas para saber si entre los presos había alguien que hubiese trabajado alguna vez en un viñedo. No tardó en aparecer una persona que cumplía con ese requisito. Se trataba de Raievski, un colono de una talla colosal, según la leyenda. Se declaró especialista, le creyeron y lo mandaron de Aleksándrovsk a Kórsakov en el primer vapor, provisto de documentos oficiales. Al llegar le preguntaron para qué había ido. Y él respondió: «Para cultivar viñas». Le miraron, leyeron el documento y se limitaron a encogerse de hombros. El viticultor estuvo vagabundeando por el distrito, con la gorra ladeada; como lo había enviado el comandante de la isla, no juzgo necesario presentarse ante el inspector de las colonias. Y se produjo un malentendido. En Mitsulka su elevada estatura y la dignidad con que se comportaba levantaron sospechas. Le tomaron por un vagabundo, lo cargaron de cadenas y lo enviaron al puesto de Kórsakov. Pasó una larga temporada en la cárcel, mientras se llevaban a cabo las averiguaciones pertinentes, luego fue liberado. Finalmente se estableció en Mitsulka, donde murió, y Sajalín se quedó sin viñedos. La casa de Raievski fue adjudicada al Estado, con el que había contraído deudas, y revendida a Konkov por quince rublos. Mientras entregaba el dinero al jefe del distrito, el viejo Konkov guiñó el ojo con malicia y dijo: «Dentro de poco me moriré y tendrá que volver a ocuparse de esta casa». Y en efecto, no mucho después se envenenó con acónito y el Estado tuvo que hacerse cargo de la casa otra vez[69].