La isla de Sajalin
La isla de Sajalin —Aleksándrovsk no está tan mal —me dijo el maquinista, al advertir la penosa impresión que me habÃa producido la visión la orilla—. ¡Espere a ver Dué! Allà la orilla está cortada a pico, con oscuros desfiladeros y estratos de carbón… ¡Una orilla siniestra! A veces llevamos allà doscientos o trescientos condenados a la vez, y muchos de ellos lloran al ver el lugar.
—Aquà los reclusos somos nosotros y no ellos —dijo con irritación el capitán—. Ahora todo está en calma, pero tendrÃa que verlo en otoño: viento, tormentas de nieve, frÃo, golpes de mar que barren la cubierta. ¡Eso si que es para morirse!
Pasé la noche en el barco. Por la mañana temprano, a eso de las cinco, me despertó un ruido: «¡Deprisa, deprisa! ¡El cúter se dirige por última vez a la orilla! ¡Estamos a punto de partir!». Un minuto después ya estaba sentado en el cúter, al lado de un joven funcionario de aspecto enfadado y soñoliento. Sonó la sirena y pusimos rumbo a la orilla, remolcando dos barcazas cargadas de reclusos. Agotados por el trabajo nocturno y rendidos de sueño, los presos tenÃan un aire indolente y sombrÃo, y guardaron silencio durante todo el trayecto. Sus rostros estaban cubiertos de rocÃo. Me recordaban a ciertos caucasianos de rasgos muy marcados, con sus gorros de piel calados hasta las cejas.
—PermÃtame que me presente —me dijo el funcionario—: Soy el registrador colegiado D.