La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Fue la primera persona que conocí en Sajalín. Era poeta, autor del poema-denuncia «Sajalinó», que comienza así:

Dime, doctor, que no fue en vano…

Más tarde me visitó con frecuencia y paseó conmigo por Aleksándrovsk y sus alrededores, contándome anécdotas o recitándome sin parar versos de sus propias obras. En las largas noches de invierno escribe relatos liberales, pero en ocasiones le gusta que la gente sepa que es registrador colegiado y que ocupa un cargo de décimo grado. Cuando una mujer que había ido a verlo por un asunto le llamó «señor D.», se ofendió y gritó enfadado: «¡Para ti no soy el señor D., sino su excelencia!». Mientras ganábamos la orilla, le pregunté por la vida en Sajalín, pero él se limitó a comentar, tras lanzar siniestros suspiros: «Ya lo verá usted mismo». El sol estaba alto en el cielo. La niebla y la oscuridad de la tarde anterior, que tanto habían asustado mi imaginación, se desvanecían ahora en la luminosidad de las primeras horas matinales; el grueso e informe Zhonker con su faro, los Tres Hermanos y los altos acantilados que se sucedían a uno y otro lado durante decenas de verstas, la bruma transparente de las montañas y el humo de los incendios componían un hermoso cuadro bajo el centelleo del sol y del mar.


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