La isla de Sajalin
La isla de Sajalin El lugar carece de puerto y la orilla es peligrosa, como quedó de manifiesto en el aparatoso naufragio del Atlas, un buque sueco que encalló poco antes de mi llegada y que ahora yace en la orilla.
Los barcos suelen detenerse a una versta de la orilla, rara vez más cerca. Hay un embarcadero, pero solo para cúteres y barcazas. Es una larga escollera de madera que adopta la forma de una «T» y se adentra varios sazhens en el mar. Gruesos pilotes de alerce, fuertemente anclados en el fondo marino, forman cajas llenas de piedras hasta los bordes; la superficie está formada por tablas recorridas de punta a punta por raíles destinados a las vagonetas. En la barra de la «T» se alza una encantadora casita, la oficina del embarcadero, con un elevado mástil negro: instalaciones imponentes, pero poco duraderas. Según me dijeron, basta un fuerte temporal para que las olas alcancen las ventanas y la espuma alcance incluso el mástil, mientras la escollera tiembla de un extremo al otro.