La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Unos cincuenta forzados, aparentemente desocupados, vagaban por la playa, junto al embarcadero, unos en bata, otros con chaquetas o abrigos de paño gris. Cuando me vieron, todos se descubrieron, honor que, hasta la fecha, probablemente ningún otro escritor ha recibido. En la orilla, enganchado a un carruaje sin resortes, había un caballo. Los reclusos cargaron mi equipaje en el carruaje; un hombre de barba negra, vestido con un abrigo y la camisa por fuera, estaba sentado en el pescante. Nos pusimos en marcha.
—¿Adónde ordena su excelencia? —preguntó, volviéndose y quitándose la gorra.
Le pregunté si sería posible alquilar un alojamiento en alguna parte, aunque fuera de una sola habitación.
—Por supuesto, excelencia, algo encontraremos.