La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Nuestros diplomáticos empezaron a prestar atención a Sajalín a comienzos de este siglo. Rezánov, ministro plenipotenciario encargado de concretar un acuerdo comercial con Japón, también había recibido el encargo de «adquirir la isla de Sajalín, que no pertenece a China ni a Japón». Se comportó con una sorprendente falta de tacto. «Teniendo en cuenta la intolerancia de los japoneses a la religión cristiana», prohibió que los miembros de su embajada se santiguaran y ordenó la confiscación de todas las cruces, iconos, devocionarios y «todo lo que representa el cristianismo o encierra una simbología cristiana». De creer a Kruzenshtern, durante la audiencia le negaron hasta una silla, no se le permitió llevar espada y «teniendo en cuenta la intolerancia de los japoneses», tuvo que comparecer descalzo. ¡Y era un embajador, un alto dignatario ruso! Cuesta imaginar mayor falta de dignidad.

Tras ese completo fiasco, Rezánov quiso vengarse de los japoneses y ordenó a Jvostov, oficial de marina, que sembrara el terror entre los japoneses de Sajalín; no obstante, esas disposiciones no fueron comunicadas de la manera habitual, sino de un modo más enrevesado: se incluían en un sobre sellado, con órdenes explícitas de no abrirlo hasta haber alcanzado el lugar de destino[86].


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