La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Había llegado a Sajalín siendo una niña, en compañía de su madre, que había decidido seguir a su marido, condenado a una pena que aún no había terminado de cumplir; luego se había casado con un campesino antiguo forzado, un anciano taciturno a quien vi fugazmente atravesando el patio; padecía alguna enfermedad y pasaba la mayor parte del tiempo tumbado bajo el tejadillo, emitiendo gemidos.
—Seguro que en estos momentos están cosechando en nuestra casa del distrito de Tambov —me dijo la patrona—, en cambio aquí… ¡Más me valdría no haber visto este lugar!
La verdad es que el panorama carecía de interés: a través de la ventana se distinguían unos bancales de coles, circundados por zanjas horribles; a lo lejos se vislumbraba un alerce enjuto y seco.
El patrón entró, gimiendo y sosteniéndose el costado, y empezó a quejarse de la mala cosecha, de la severidad del clima, de la pobreza del suelo. Había escapado de los trabajos y de la colonización forzosos, poseía dos casas, caballos y vacas, empleaba a numerosos trabajadores y no hacía nada; se había casado con una mujer joven y, lo más importante, había recibido hacía tiempo el permiso para volver al continente; pero de todos modos se quejaba.