La isla de Sajalin
La isla de Sajalin A mediodía di un paseo por el suburbio. En el límite se alza una casa muy bonita con un pequeño jardín y una placa de cobre en la puerta. Cerca de la casa, en el mismo patio, hay una tiendecita. Entré a comprar algo de comer. «Comercio» y «Almacén de suministros comerciales», así se llamaba la modesta tiendecita, según reza una lista de precios escrita a mano o a máquina que aún conservo. Pertenece al colono L., un antiguo oficial de la guardia, al que la corte regional de San Petersburgo había juzgado por asesinato doce años antes. Ya ha cumplido su condena y ahora se dedica al comercio; también se ocupa de varias tareas relacionadas con la construcción de carreteras y otros asuntos, recibiendo a cambio el sueldo de un vigilante jefe. Su esposa, una mujer libre perteneciente a la nobleza, trabaja de enfermera en el hospital de la prisión. En la tienda se venden estrellitas para las charreteras, dulces turcos, sierras, hoces, y «sombreros de verano para las damas, a la última moda, de la mejor confección, desde cuatro rublos cincuenta hasta doce rublos la pieza». Mientras hablaba con el dependiente, entró el propietario, vestido con una chaqueta de seda y una llamativa corbata. Nos presentamos.
—¿Me haría el honor de comer conmigo? —me propuso.