La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Acepté y nos dirigimos a su casa. Su morada es confortable: mobiliario vienés, flores, un aristón americano y una mecedora en la que L. se balancea después de comer. Además de la dueña de la casa, encontré otros cuatro convidados, todos funcionarios. Uno de ellos, un viejo sin bigote y con patillas grises, parecido de cara al dramaturgo Ibsen, resultó ser el médico subalterno del hospital local; otro, también anciano, se presentó como oficial de estado mayor del ejército cosaco de Oremburgo. Desde el primer momento ese oficial me pareció una buena persona y un gran patriota. Es afable y bondadoso, pero, cuando se habla de política, se sale de sus casillas, empieza a hablar con verdadero entusiasmo del poder de Rusia y a expresar su desprecio por los alemanes y los ingleses, a quienes no ha visto en su vida. Se cuenta que, cuando hizo escala en Singapur, de camino a Sajalín, quiso comprar a su mujer un pañuelo de seda y, cuando le propusieron cambiar su dinero ruso por dólares, exclamó ofendido: «¿Cambiar mi dinero ortodoxo por esa moneda de salvajes? ¡Ni hablar!». Y no compró el pañuelo.

La comida se compuso de sopa, pollo y helado. También se sirvió vino.

—¿Cuándo deja de nevar en este lugar? —pregunté.

—En mayo —respondió L.


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