La isla de Sajalin
La isla de Sajalin —No es verdad, en junio —dijo el médico que se parecía a Ibsen.
—Conozco a un colono —comentó L.—, a quien su trigo de California le ha rendido veinte veces su peso.
Nueva objeción por parte del médico.
—Mentira. En vuestra Sajalín no crece nada. Es una tierra maldita.
—Permítame que le diga —exclamó uno de los funcionarios— que en 1882 el trigo rindió cuarenta veces su peso. Lo sé de buena tinta.
—No les crea —me dijo el médico—. Le están dando gato por liebre.
Durante la comida se contó la siguiente leyenda: cuando los rusos ocuparon Sajalín y empezaron a maltratar a los guiliakos, el chamán maldijo la isla y profetizó que no se obtendría de ella ningún provecho.
—Y así ha sido —susurró el médico.
Después de la comida L. puso en funcionamiento el aristón. El médico me propuso trasladarme a su casa, y esa misma noche me instalé en la calle principal del puesto, en una de las casas más cercanas a los edificios públicos.