La isla de Sajalin
La isla de Sajalin El agua llenaba una cuarta parte de la tumba recién excavada. Los exiliados, jadeantes y con los rostros sudorosos, discutían en voz alta sobre alguna cuestión que no guardaba la menor relación con el entierro. Finalmente trajeron el ataúd y lo depositaron al borde de la tumba. Era un ataúd de tablas sin labrar, ensambladas de cualquier manera.
—¿Y bien? —dijo uno.
Bajaron rápidamente el ataúd, que chapoteó en el agua. Terrones de arcilla martilleaban la tapa, el ataúd vibraba, el agua saltaba; los exiliados, mientras trabajaban con las palas, seguían conversando y Kelbokiani, mirándonos con los ojos muy abiertos y levantando los brazos al cielo, se quejaba:
—¿Qué voy a hacer ahora con los niños? ¡Menuda carga! Fui a ver al inspector y le pedí que una mujer, pero me la negó.
Alioshka, el muchacho, de tres o cuatro años, al que la mujer conducía de la mano, contempla fijamente la tumba. Lleva una camisa demasiado grande para él, con largas mangas, y un pantalón de un azul desteñido, con remiendos de un azul brillante en las rodillas.
—Alioshka, ¿dónde está tu madre? —le preguntó mi compañero.
—La han en-te-rra-do —tartamudeó Alioshka, riendo y señalando la tumba con la mano[162].