La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Son personas groseras, estúpidas, que se emborrachan y juegan a las cartas con los detenidos, se aprovechan sin escrúpulos del amor y el vodka de las presas, son indisciplinados, no tienen escrúpulos y solo pueden ejercer una forma negativa de autoridad. Los deportados no los respetan y los tratan con desdeñoso desprecio. Los llaman «tarugos» a la cara y los tutean. La administración no hace nada por elevar su prestigio, probablemente porque considera que tales intentos no conducirían a nada. Los funcionarios tutean a los guardianes y les reprenden de cualquier manera, sin importarles que haya presos delante. A cada paso se oye: «¿Qué haces ahí parado, idiota?». O: «¡No entiendes nada, estúpido!». El poco respeto que merecen se pone de manifiesto en la frecuente asignación de «tareas irreconciliables con su situación»; en otras palabras, se les convierte en lacayos o mandaderos de los funcionarios. Los guardianes superiores, como si se avergonzaran de su cargo, intentan distinguirse de sus compañeros de alguna manera: uno lleva charreteras más vistosas; otro, una escarapela de oficial; un tercero, registrador colegiado, no se declara guardián en los documentos, sino «director de trabajos y de trabajadores».