La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Como los guardianes de Sajalín jamás han comprendido el objetivo de la vigilancia, con el paso del tiempo ese objetivo ha ido degenerando hasta alcanzar su nivel actual. La vigilancia se reduce a que el guardián haga acto de presencia en la garita, se asegure de que «no se arme jaleo» y se queje a sus superiores; provisto de un revólver que, gracias a Dios, no sabe utilizar y de un sable que a duras penas puede extraer de la oxidada vaina, contempla el trabajo de los presos, fuma y se aburre. En la cárcel es un criado que abre y cierra las puertas, y cuando vigila la labor de los detenidos, una figura superflua. A pesar de que hay tres guardianes por cada cuarenta presos, uno jefe y dos subalternos, constantemente se ve a grupos de cuarenta o cincuenta hombres trabajando bajo la supervisión de un solo guardián o sin vigilancia alguna. Si uno de los tres vigilantes está fuera de la cárcel, el segundo se queda cerca de la tienda del Estado, saludando a los funcionarios que pasan, y el tercero languidece en el vestíbulo de alguna casa o, si nadie requiere sus servicios, permanece en posición de firme, sin necesidad alguna, en la sala de recepción del hospital[172].