La isla de Sajalin

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—¡Me gusta contemplar cómo los castigan! —dice con alegría el enfermero militar, muy satisfecho de haber disfrutado hasta la saciedad de ese espectáculo detestable—. ¡Cuánto me gusta! Son tan canallas, tan miserables… ¡Deberían colgarlos!

Los castigos corporales endurecen y vuelven crueles no solo a los detenidos, sino también a quienes los infligen o presencian. Ni siquiera las personas educadas constituyen una excepción. Al menos yo no he observado que los funcionarios con formación universitaria reaccionen ante esos suplicios de manera diferente a los enfermeros militares o a quienes han estudiado en academias militares o seminarios. Otros se acostumbran de tal modo a los azotes y los latigazos, y se vuelven tan insensibles, que terminan por encontrar placer en la contemplación del espectáculo. Se cuenta que un inspector de prisiones silababa cuando infligían latigazos a un condenado; otro, un hombre de avanzada edad, decía al preso con una alegría malsana: «Bueno, ¿por qué gritas? Si no es nada. ¡Aguanta! ¡Vamos, dale lo que se merece! ¡Azota, verdugo!». Otro disponía que ataran al preso por el cuello para oírle jadear; hacía que le dieran cinco o diez golpes y se marchaba por espacio de una o dos horas; luego volvía y ordenaba que administraran el resto del castigo[192].


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