La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Les pregunté dónde podía sentarme. Me indicaron la tarima. En un principio me senté en el cubo del agua, pero luego cobre ánimos y me acomodé en la tarima, entre los dos asesinos. Les pregunte de qué distrito eran y alguna otra cosa, luego empecé a confesarlos. Mientras les escuchaba, miré al exterior y vi que estaban transportando los postes y demás instrumentos necesarios para levantar las horcas.
—¿Qué es eso? —preguntaron los presos.
—Probablemente el inspector va a construirse algo —respondí.
—No, padre, es para colgarnos. Bueno, padre, ¿no podríamos beber una copita de vodka?
—No lo sé —dije—. Voy a informarme.
Fui a ver al coronel L. y le dije que los condenados querían beber. El coronel me dio una botella y, para evitar habladurías, ordenó retirar a los centinelas. Me procuré una copa y volví a la celda de los condenados. Llené la copa.
—No, padrecito —me dijeron—; sírvase usted primero; de otro modo, no beberemos.
Tuve que tomar un trago; no había nada de comer.
—El vodka aclara las ideas —comentaron.
Seguí preparándoles. Hablamos durante más de una hora. De pronto se oyó la orden: «¡Sacadlos!».