La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En el distrito de Kórsakov once personas fueron condenadas a la pena de muerte por el asesinato de varios ainos. Los funcionarios y los oficiales pasaron en vela la noche previa a la ejecución. Se visitaban, bebían té. Reinaba una inquietud general, nadie estaba a gusto en ningún sitio. Dos de los condenados se envenenaron con acónito: una gran contrariedad para el destacamento militar encargado de la custodia. El jefe del distrito había oído el trajín nocturno y había sido informado del envenenamiento, pero, justo antes de la ejecución, cuando todo el mundo se había reunido alrededor del cadalso, se vio obligado a preguntar oficialmente al comandante del pelotón:
—Habían sido condenadas a muerte once personas, pero solo veo nueve. ¿Dónde están las otras dos?
En lugar de responder en el mismo tono oficial, el comandante del pelotón farfulló con voz nerviosa:
—Bueno, cuélgueme a mí en su lugar, cuélgueme a mí…
Era una mañana de octubre, gris, fría y oscura. Los condenados tenían las caras amarillas de miedo y los cabellos alborotados. Un funcionario leyó la sentencia, temblando de emoción y balbuciendo, porque no veía bien. El sacerdote, con la sotana negra, alargó el crucifijo a los nueve hombres para que lo besaran y, volviéndose al jefe del distrito, susurró:
—Por amor de Dios, deje que me vaya, no puedo…