La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Tras ganar de una u otra forma el continente, los fugitivos se dirigen hacia el oeste, mendigando comida en nombre de Cristo, trabajando como jornaleros cuando se tercia y robando todo lo que cae en sus manos: ganado, verduras, ropa; en una palabra, cualquier cosa que pueda vender, comer o ponerse. Los atrapan, los mantienen una larga temporada en prisión, los juzgan y los envían de vuelta a Sajalín con unos expedientes tremendos; pero —como sabe el lector por los procesos judiciales— son muchos los que llegan hasta el mercado Jitrov de Moscú e incluso a su aldea natal. En Palevo, el panadero Goriachi, hombre simple, franco y probablemente bondadoso, me contó cómo llegó hasta su aldea, vio a su mujer y a sus hijos y fue enviado de nuevo a Sajalín, donde está cumpliendo su segunda condena. También se habla de la hipótesis —hasta la prensa se ha ocupado de ello— de que los balleneros americanos enrolen a los fugitivos en sus tripulaciones y los lleven a América[198]. Es posible, no cabe duda, pero no tuve conocimiento de ningún caso de ese tipo. Los balleneros americanos que faenan en el mar de Ojotsk no suelen acercarse a Sajalín, y sería muy raro que lo hicieran precisamente cuando hay fugitivos en la deshabitada costa oriental. Según el señor Kurbski (La Voz, 1875, N.º 312), en la margen derecha del Mississippi, en territorio indio, viven partidas enteras de vaqueros compuestas por antiguos presos de Sajalín. Esos vaqueros, si en realidad existen, no llegaron a América en balleneros, sino probablemente a través de Japón. No cabe duda de que algunos fugitivos no se dirigen a Rusia, sino al extranjero, aunque esos casos son raros. Ya en los años veinte nuestros reclusos se fugaban de las salinas de Ojotsk a las islas «cálidas», es decir, a las islas Sandwich[199].


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