La isla de Sajalin
La isla de Sajalin No es raro que los evadidos traten de cruzar el estrecho en algún lugar cercano a la cárcel. Para ello se requieren un valor excepcional, circunstancias especialmente favorables y, lo que es más importante, una dilatada experiencia previa que haya enseñado lo difícil y arriesgada que es la ruta hacia el norte a través de la taiga. Los reincidentes que se escapan de las cárceles de Voievodsk y Dué se dirigen enseguida al mar, el primero o segundo día de su fuga. No toman en consideración las tormentas y los peligros, solo sienten el miedo animal de la persecución y el ansia de libertad: «¡Ahoguémonos si es necesario, pero en libertad!». Normalmente se dirigen a Agnevo, a unas cinco o diez verstas al sur de Dué; allí se construyen una balsa y se lazan con premura a la nebulosa orilla, de la que le separan sesenta o setenta verstas de un mar frío y tormentoso. Durante mi estancia en la isla, el vagabundo Prójorov, también llamado Mílnikov, del que ya he hablado en el capítulo anterior, se fugó de ese modo de la cárcel de Voievodsk[196]. También se escapan en chalanas y balsas de heno, que el mar destruye sin piedad y arroja a la orilla. Una vez, varios presos se escaparon a bordo de un cúter que pertenecía a la administración de las minas[197]. En ocasiones los presos se fugan en las mismas embarcaciones que cargan. En 1883 el preso Franz Kietz subió a bordó del Triumph y se ocultó en la bodega del carbón. Cuando lo descubrieron y lo sacaron de allí, a todas las preguntas respondía: «Dadme agua, llevo cinco días sin beber».