La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Por la noche hubo iluminaciones. Por las calles, alumbradas con faroles y bengalas, pasearon hasta muy tarde soldados, colonos y presos. La prisión estaba abierta. El río Duika, siempre miserable y sucio, con sus riberas peladas, estaba engalanado para la ocasión con faroles y bengalas multicolores, que se reflejaban en las aguas, y parecía hermoso, incluso majestuoso, pero también algo ridículo, como la hija de una cocinera ataviada con el vestido de su joven ama. Del jardín del general llegaban sones musicales y canciones. Hasta se lanzaron salvas, y el cañón estalló. Sin embargo, a pesar de esa alegría, en las calles reinaba el aburrimiento. No se oían canciones, ni el sonido del acordeón, ni se veía un solo borracho; los hombres vagaban y callaban como sombras. El presidio, a pesar de las bengalas, seguía siendo un presidio; y la música, cuando la oye desde lejos una persona que jamás regresará a su tierra natal, solo suscita una mortal tristeza.