La isla de Sajalin
La isla de Sajalin —Nikita Trofímov. Provengo del distrito de Skopinsk, en la provincia de Riazán.
Me dispuse a atravesar el río en su caja. Krasivi hundía una pértiga en el fondo, estirando su cuerpo enjuto y huesudo. Era un trabajo fatigoso.
—¿No te resulta demasiado duro?
—No, excelencia. Nadie me mete prisa, voy a mi ritmo.
Me contó que, a pesar de haber pasado veintidós años en Sajalín, no lo habían azotado ni una sola vez y nunca había estado en la celda de castigo.
—¿Y sabe por qué? Porque si me envían a talar árboles, voy; si me ponen este palo en la mano, lo cojo; si me ordenan que encienda la estufa de la oficina, la enciendo. Hay que obedecer. La vida es bella. Basta con no ofender a Dios. ¡Gloria a Ti, Señor!
En verano vive en una yurta junto al puesto de paso; en esa yurta, que despide un olor agrio y sofocante, solo hay unos cuantos harapos, una hogaza de pan y un fusil. Cuando le pregunté para qué necesitaba el fusil, me respondió, riendo, que para protegerse de los ladrones y disparar a las aves. El fusil está estropeado y su única función es que se vea.