Tres hermanas
Tres hermanas CHEBUTIKIN. —(Con aire taciturno). ¡Al diablo todos! ¡Al diablo…! ¿Creen que porque soy médico puedo curar cualquier enfermedad?… Pero ¡si yo ya no sé absolutamente nada…! ¡Si se me ha olvidado todo lo que sabía…! ¡Ahora, ya no me acuerdo de ello! (OLGA y NATASCHA, salen sin que él se dé cuenta). ¡Diablos…! ¡El miércoles pasado tuve que ir a Sasip a asistir a una mujer…! ¡Se murió…! ¡Y la culpa de que se muriera es mía…! Sí… ¡Hará cosa de veinticinco años sabía un poco, pero ya no me acuerdo de nada…! ¡De nada! ¡Quién sabe si no soy ni siquiera un hombre…! ¡Si solo lo aparento, porque tengo unos brazos, unas piernas, una cabeza…! ¡Si no existo y no hago más que andar, comer, dormir…! (Llorando). ¡Oh, si no existiera…! (Con semblante taciturno deja de llorar). ¡Diablos…! Pues ¿y hace tres días en el Círculo cuando se pusieron a hablar de que si Shakespeare…, de que si Voltaire?… Yo no había leído nada, pero ponía cara de que sí… Y los demás…, igual que yo… ¡Qué vulgaridad! ¡Qué bajeza…! ¡Y me acordé de la mujer que había matado el miércoles…! ¡Y, al recordarlo todo, me sentí el ánimo tan feo, tan torcido…, que empecé a beber! (Entran IRINA, VERSCHININ y TUSENBACH: este último de paisano y con un abrigo nuevo a la última moda).
IRINA. —Sentémonos. Aquí no vendrá nadie.