Tres hermanas
Tres hermanas VERSCHININ. —¡Si no hubiera sido por los soldados, hubiera ardido la ciudad entera…! ¡Bravos muchachos! (Frotándose satisfecho las manos). ¡Valen el oro que pesan…! ¡Bravos muchachos!
KULIGUIN. —¿Qué hora es?
TUSENBACH. —Las tres, pasadas. Ya empieza a amanecer.
IRINA. —Ninguno de los que están sentados en el salón se marcha. Ahí está también Solionii. (A CHEBUTIKIN). ¡Debería usted irse a dormir, doctor!
DOCTOR. —¡Bah…! Gracias. (Se atusa la barba).
KULIGUIN. —(Riendo). ¡Conque usted entregándose a la bebida, Iván Romanich! (Dándole una palmada en el hombro). ¡Muchacho valiente…! «In vino veritas!», que decían los antiguos.
TUSENBACH. —Me piden que organice un concierto a beneficio de los damnificados.
IRINA. —Perfectamente. ¿Y a cargo de quién?
TUSENBACH. —Pudiera organizarse si quisiera María Sergueevna. Opino que toca maravillosamente el piano.
KULIGUIN. —Toca, sí, maravillosamente el piano.
IRINA. —¡Si ya se le ha olvidado…! ¡Hace lo menos tres años que no pone las manos en él…! ¡Y hasta puede que cuatro!