La cabeza del cesar
La cabeza del cesar Flambeau lo miró sorprendido, pero también la joven pelirroja levantó la mirada, en la cual se reflejaba algo más fuerte que el asombro. Llevaba un vestido simple, con tela vulgar de color marrón luminoso, pero era una dama y, después de mirarla atentamente, una dama innecesariamente altiva.
–El hombre con la nariz falsa -repitió Flambeau-, ¿quién es?.
–No tengo ni idea -respondió el padre Brown-, quiero que usted lo averigüe, se lo pido como un favor. Se fue por allí -e hizo un gesto con su dedo pulgar sobre el hombro-, y aún no habrá pasado más de tres farolas. Sólo quiero saber qué dirección toma.
Flambeau contempló a su amigo durante un rato con una expresión entre la perplejidad y la diversión, pero poco después se levantó de la mesa, sacó su enorme corpachón por la puertita de la taberna para gnomos y desapareció en la penumbra.
El padre Brown sacó un librito de su bolsillo y comenzó a leer; no hizo ningún signo que delatase el hecho de que la joven pelirroja había abandonado su mesa y se había sentado frente a él. Finalmente, ella se inclinó hacia adelante y dijo en una voz baja pero firme:
