La cabeza del cesar
La cabeza del cesar –¿Por qué ha dicho eso?. ¿Cómo ha sabido que era falsa?.
El sacerdote levantó sus pesados párpados, que vibraron algo confundidos. Su mirada dubitativa volvió a dirigirse al letrero blanco en la parte frontal de la taberna. Los ojos de la joven siguieron los suyos y también reposaron en el enigma.
–No -dijo el padre Brown, leyendo sus pensamientos-, no dice «Sela», como en los Salmos, así lo leí yo cuando estaba soñando despierto, dice «Ales».
–¿Y bien? – preguntó la joven mirándole fijamente-. ¿Qué importa lo que diga?.
Su mirada pensativa vagó por la tela vulgar del vestido de la joven, orlado con un fino bordado artístico, lo necesario para distinguirlo de un vestido de trabajo de una mujer normal y asemejarlo al vestido usualmente utilizado por una joven estudiante de Bellas Artes. Pareció encontrar en ello más motivos para pensar, pero su respuesta fue muy lenta y dubitativa:
