Amia
Amia El 17 de marzo de 1992, una explosión devastadora destruyó la Embajada de Israel en la calle Arroyo, Buenos Aires. A las 14:45 horas, el barrio de Recoleta se transformó en un escenario de guerra, con 29 muertos y decenas de heridos. Desde el primer momento, las hipótesis oficiales y los medios internacionales atribuyeron el ataque al terrorismo islámico, señalando a Hezbollah y a Irán como los responsables inmediatos. Sin embargo, esta versión fue construida rápidamente, sin investigaciones concluyentes, y sirvió para encubrir una trama más compleja que involucraba a Siria, al narcotráfico y a acuerdos incumplidos entre este país y el gobierno argentino.
El relato oficial giró en torno a una pick-up Ford F-100 cargada con 500 kilos de explosivos. Según esta teoría, el vehículo fue conducido por un suicida perteneciente a Hezbollah. Esta versión se apoyó en un comunicado que atribuyó el ataque a un supuesto “mártir islámico”, un mensaje lleno de inconsistencias y falsedades detectadas rápidamente por algunos periodistas e investigadores. Este relato fue promovido por el gobierno israelí y aceptado sin cuestionamientos por el entonces presidente Carlos Menem, quien tenía motivos claros para desviar la atención de las pistas que conducían a Siria.
