Búffalo Bill
Búffalo Bill Nuestra única esperanza de escapar consistía —ya que era lógico que tarde o temprano deberíamos sucumbir ante la superioridad numérica— en la pronta aparición de dicho convoy; y puesto que en lugar de seguir cargando contra nosotros, obligándonos a gastar municiones, optaban por el asedio, nos sentimos más confiados, pues el ansiado paso del convoy salvador no se haría esperar.
Según nuestros cálculos, eso debería producirse esa misma mañana.
Esperábamos ansiosos ese momento, cuando a eso de las diez llegó a nuestros oídos el chasquido de los látigos con que los conductores guían y acicatean a los bueyes.
Fue un sonido grato para nosotros, que lo esperábamos angustiosamente, tan grato como debe haber sido el de la gaita de los Campbell para la guarnición de Lucknow.
A los pocos segundos alcanzamos a ver el convoy que se acercaba lentamente. Los indios también lo vieron y se reunieron para deliberar. De repente, y como poseídos por el demonio, cargaron sobre nuestra posición por última vez, retirándose en seguida corridos por la lluvia de balas que les servimos. Alcanzamos todavía a enviarles una segunda descarga antes de que se perdieran de vista.