Pinocho

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Dicho esto, tomó entre sus manos un hacha afilada y comenzó a pulirlo y a desbastarlo; pero en el momento en que iba a dar el primer hachazo, se quedó con el hacha suspendida en el aire, porque oyó el hilo de una voz que le rogaba:

—¡No me vaya a golpear muy fuerte!

Ante esta petición, imagínense cómo quedó el buen hombre del maestro Cereza.

Repasó con la mirada toda la habitación tratando de descubrir de dónde había salido esa voz, y no vio a nadie; buscó debajo de la silla, y nada; buscó dentro del armario que siempre estaba cerrado, y nada; buscó entre la viruta y el serrín, y nada; abrió la puerta de la tienda para echar una mirada a la calle, y nada. ¿Será que…?

—¡Claro! —dijo entonces riendo y rascándose la peluca—. Me he imaginado la voz. Retomemos el trabajo.

Volvió a blandir el hacha y encajó un poderosísimo golpe sobre el pedazo de madera.

—¡Ay, me has hecho daño! —gritó lamentándose la misma vocecita.

Esta vez el maestro Cereza se quedó de una pieza, con los ojos desorbitados por el miedo, la boca abierta y la lengua que le colgaba hasta el mentón, como el mascarón de una fuente.


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