Pinocho

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Apenas pudo volver a hablar, y temblando del miedo, balbuceó:

—¿Pero de dónde habrá salido esta vocecita que ha dicho ay?… Aquí no hay ningún alma. ¿Será acaso que este pedazo de madera aprendió a llorar y a quejarse como un niño? No lo puedo creer. Este leño acá… es un pedazo de leña para la chimenea, como todos los demás, capaz de calentar, si se arroja al fuego, una olla de fríjoles… ¿O será que…? ¿Hay alguien escondido dentro? Si hay alguien escondido, tanto peor por él. ¡Ya lo pongo en su lugar!

Y diciendo así tomó firmemente entre sus manos este pobre pedazo de leño y comenzó a golpear con él las paredes de la habitación.

Luego se puso a escuchar, a ver si oía alguna vocecita lamentarse. Espero dos minutos, y nada; cinco minutos, y nada; diez minutos, y nada.

—Ya entiendo —dijo entonces esforzándose por reír y acomodándose la peluca—. Esa vocecita que ha dicho ay me la he inventado yo. ¡Volvamos al trabajo!

Y como había experimentado un gran miedo, intentó ponerse a canturrear para darse un poco de ánimo.

Por el momento, dejó el hacha a un lado, cogió el cepillo para pulir el pedazo de madera y, a medida que pulía de arriba abajo, oyó la misma vocecita que le decía riendo:


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