El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Tras un breve paseo llegamos a una triste casa del páramo, granja de algún ganadero en los antiguos dÃas de prosperidad, arreglada después para convertirla en vivienda moderna. La rodeaba un huerto, pero los árboles, como suele suceder en el páramo, eran más pequeños de lo normal y estaban quemados por las heladas; el lugar en conjunto daba impresión de pobreza y melancolÃa. Nos abrió la puerta un viejo criado, una criatura extraña, arrugada y de aspecto mohoso, muy en consonancia con la casa. Dentro, sin embargo, habÃa habitaciones amplias, amuebladas con una elegancia en la que me pareció reconocer el gusto de la señorita Stapleton. Al contemplar desde sus ventanas el interminable páramo salpicado de granito que se extendÃa sin solución de continuidad hasta el horizonte más remoto, no pude por menos de preguntarme qué podÃa haber traÃdo a un lugar asà a aquel hombre tan instruido y a aquella mujer tan hermosa.
—Extraña elección para vivir, ¿no es eso? —dijo Stapleton, como si hubiera adivinado mis pensamientos—. Y sin embargo conseguimos ser aceptablemente felices, ¿no es asÃ, Beryl?
—Muy felices —dijo ella, aunque faltaba el acento de la convicción en sus palabras.