El Sabueso de los Baskerville

El Sabueso de los Baskerville

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»—Sí, señor; mi apellido de soltera era Selden y el preso es mi hermano pequeño. Le consentimos demasiado cuando niño y le dejamos que hiciera en todo su santa voluntad, por lo que llegó a creer que el mundo no tenía otra finalidad que proporcionarle placeres y que podía hacer lo que le apeteciera. Más tarde, al hacerse mayor, frecuentó malas compañías y el diablo se le metió en el cuerpo, hasta que a mi madre le destrozó el corazón y arrastró nuestro apellido por el barro. De delito en delito fue cayendo cada vez más bajo, hasta que sólo la clemencia de Dios lo ha librado del patíbulo; pero para mí nunca ha dejado de ser el niñito de cabellos rizados al que cuidé y con el que jugué, como cualquier hermana mayor. Ésa es la razón de que se escapara, señor. Sabía que yo vivía en esta casa y que no me negaría a ayudarlo. Cuando se arrastró una noche hasta aquí, agotado y hambriento, con los guardianes pisándole los talones, ¿qué podíamos hacer? Lo recogimos, lo alimentamos y cuidamos. Luego regresó usted, señor, y mi hermano pensó que estaría más seguro en el páramo que en cualquier otro sitio hasta que amainara la persecución, de manera que allí se escondió. Pero cada dos noches nos comunicábamos con él poniendo una luz en la ventana y, si respondía, mi marido le llevaba un poco de pan y carne. Todos los días vivíamos con la esperanza de que se hubiera marchado, pero mientras tanto no podíamos abandonarlo. Soy una buena cristiana y ésa es toda la verdad; comprenda usted que si hemos hecho algo malo, no es mi marido quien tiene la culpa, sino yo, porque todo lo que ha hecho lo ha hecho por mí.


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