El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville »—¿Está usted armado? —pregunté.
»—Tengo una fusta.
»—Hemos de caer sobre él rápidamente, porque se dice que es un hombre desesperado. Debemos cogerlo por sorpresa y tenerlo a nuestra merced antes de que se resista.
»—Escuche, Watson, ¿qué dirÃa Holmes de esto? ¿Qué dirÃa sobre esta hora de oscuridad en la que se intensifican los poderes del mal?
»Como en respuesta a sus palabras se alzó de repente, en la inmensa tristeza del páramo, el extraño sonido que yo habÃa oÃdo ya cerca de la gran ciénaga de Grimpen. Nos llegó traÃdo por el viento a través del silencio de la noche: un murmullo largo y profundo, luego un aullido cada vez más poderoso y finalmente el triste gemido con que acababa. Resonó una y otra vez, todo el aire palpitando con él, estridente, salvaje y amenazador. El baronet me cogió de la manga y palideció tanto que el rostro le brilló tenuemente en la oscuridad.
»—¡Cielo santo! ¿Qué ha sido eso, Watson?
»—No lo sé. Se trata de un sonido que se oye en el páramo. Es la segunda vez que lo escucho.
»Los aullidos cesaron y un silencio absoluto descendió sobre nosotros. Aguzamos el oÃdo, pero sin el menor resultado.
»—Watson —dijo el baronet—, eso era el aullido de un sabueso.