El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —A decir verdad, señor mÃo, se trata de una pregunta singular.
—Lo siento, señora, pero debo repetÃrsela.
—En ese caso respondo: desde luego que no.
—¿Ni siquiera el mismo dÃa de la muerte de Sir Charles? El rubor desapareció en un instante y tuve ante mà una palidez mortal. La sequedad que se apoderó de su boca le impidió pronunciar el «No» que yo vi más que oÃ.
—Sin duda la traiciona la memoria —le respond×. PodrÃa incluso citar un pasaje de su carta. DecÃa asÃ: «Por favor, por favor, como es usted un caballero, queme esta carta y esté junto al portillo a las diez en punto».
Pensé que se habÃa desmayado, pero se recuperó gracias a un esfuerzo supremo.
—¿Es que ya no quedan caballeros? —jadeó.
—Es usted injusta con Sir Charles, que sà quemó la carta. Pero a veces una carta puede ser legible incluso después de arder. ¿Reconoce que la escribió?
—SÃ, lo hice —exclamó, volcando el alma en un torrente de palabras—. La escribÃ. ¿Por qué tendrÃa que negarlo? No hay motivo para avergonzarme de ello. QuerÃa que me ayudara. Estaba convencida de que si me entrevistaba con él conseguirÃa que me ayudara, de manera que le pedà una cita.
—Pero ¿por qué a esa hora?