El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville ¡Una vez más la suerte me sonreÃa! Y sin embargo evité dar muestras de interés. ¡Un niño! Barrymore me habÃa dicho que al desconocido lo atendÃa un muchacho. Frankland habÃa tropezado por casualidad con su rastro y no con el de Selden. Si me enteraba de lo que él sabÃa, quizá me ahorrara una búsqueda larga y fatigosa. Pero la incredulidad y la indiferencia eran sin duda mis mejores armas.
—En mi opinión es mucho más probable que se trate del hijo de uno de los pastores del páramo y que se limite a llevar la comida a su padre.
El menor signo de oposición bastaba para que el viejo autócrata echara chispas por los ojos. Me miró con malevolencia y se le erizaron las patillas grises como podrÃa hacerlo el lomo de un gato enfurecido.
—¿Asà que eso es lo que usted piensa? —dijo, señalando al páramo que se extendÃa delante de nuestros ojos—. ¿Ve allà el Risco Negro? Bien; ¿ve la pequeña colina de más allá en la que crece un espino? Es la parte más pedregosa de todo el páramo. ¿Le parece probable que un pastor se sitúe en un lugar asÃ? Su sugerencia, señor mÃo, es completamente absurda.
Le respondà mansamente que habÃa hablado sin conocer todos los datos. Mi docilidad le agradó y ello provocó nuevas confidencias.