El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —Puede tener la seguridad de que siempre piso terreno firme antes de llegar a una conclusión. He visto una y otra vez al muchacho con su hatillo. Todos los dÃas, y en ocasiones dos veces al dÃa, he podido… un momento, doctor Watson. ¿Me engañan los ojos, o hay en este momento algo que se mueve por la falda de aquella colina?

La distancia era de varios kilómetros, pero vi con claridad un puntito oscuro sobre la monotonÃa verde y gris.
—¡Venga, señor mÃo, venga conmigo! —exclamó Frankland, subiendo las escaleras a toda prisa—. Va usted a verlo con sus propios ojos y podrá juzgar por sà mismo.
El telescopio, un instrumento formidable montado sobre un trÃpode, se hallaba sobre la azotea de la casa.
Frankland se acercó para mirar y dejó escapar un grito de satisfacción.
—¡Deprisa, doctor Watson, deprisa antes de que pase al otro lado!
Allà estaba, sin la menor duda: un pilluelo con un hatillo al hombro, subiendo sin prisas por la pendiente.
Cuando llegó a la cresta vi, recortada por un momento contra el frÃo cielo azul, la figura desaseada y rústica.