El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Ningún nuevo sonido quebró el denso silencio de la noche sin viento.
Vi que Holmes se llevaba la mano a la frente, como un hombre que ha perdido el dominio sobre sà mismo, y que golpeaba el suelo con el pie.
—Nos ha vencido, Watson. Hemos llegado demasiado tarde.
—No, no, ¡es imposible!
—Mi estupidez por no atacar antes. Y usted, Watson, ¡vea lo que sucede por dejar solo a Sir Henry! Pero, el cielo me es testigo, ¡si ha sucedido lo peor, lo vengaremos!
Corrimos a ciegas en la oscuridad, tropezando contra las rocas, abriéndonos camino entre matas de aulaga, jadeando colinas arriba y precipitándonos pendientes abajo, siempre en la dirección de donde nos habÃan llegado aquellos gritos espantosos. En todas las elevaciones Holmes miraba atentamente a su alrededor, pero las sombras se espesaban sobre el páramo y no habÃa el menor movimiento en su monótona superficie.
—¿Ve usted algo?
—Nada.
—¡Escuche! ¿Qué es eso?
