El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville El grito nos habÃa llegado con claridad debido a su vehemencia, pero procedÃa de un lugar lejano de la llanura en tinieblas. De nuevo estalló en nuestros oÃdos, más cercano, más intenso, más perentorio que antes.
—¿De dónde viene? —susurró Holmes; y supe, por el temblor de su voz, que también él, el hombre de hierro, se habÃa estremecido hasta lo más hondo—. ¿De dónde viene, Watson?
—De allÃ, me parece —dije señalando hacia la oscuridad.
—¡No, de allÃ!
De nuevo el grito de angustia se extendió por el silencio de la noche, más intenso y más cercano que nunca.
Y un nuevo ruido mezclado con él, un fragor hondo y contenido, musical y sin embargo amenazador, que se alzaba y descendÃa como el murmullo constante y profundo del mar.
—¡El sabueso! —exclamó Holmes—. ¡Vamos, Watson, vamos! ¡No quiera Dios que lleguemos tarde!
Mi amigo corrÃa ya por el páramo a gran velocidad y yo le seguà inmediatamente. Pero ahora surgió, de algún lugar entre las anfractuosidades del terreno que se hallaba inmediatamente frente a nosotros, un último alarido de desesperación y luego un ruido sordo producido por algo pesado. Nos detuvimos y escuchamos.