El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville Mi amigo hablaba con su aire más sincero y despreocupado. Stapleton seguÃa mirándolo con gran fijeza.
Luego se volvió hacia mÃ.
—Les sugerirÃa que trasladásemos a este pobre infeliz a mi casa, pero mi hermana se asustarÃa tanto que no me parece que esté justificado. Creo que si le cubrimos el rostro estará seguro hasta mañana.
Asà lo hicimos. Después de rechazar la hospitalidad que Stapleton nos ofrecÃa, Holmes y yo nos dirigimos hacia la mansión de los Baskerville, dejando que el naturalista regresara solo a su casa. Al volver la vista vimos cómo se alejaba lentamente por el ancho páramo y, detrás de él, la mancha negra sobre la pendiente plateada que mostraba el sitio donde yacÃa el hombre que habÃa tenido tan horrible fin.
—¡Ya era hora de que nos viéramos las caras! —dijo Holmes mientras caminábamos juntos por el páramo—. ¡Qué gran dominio de sà mismo! Extraordinaria su recuperación después del terrible golpe que le ha supuesto descubrir cuál habÃa sido la verdadera vÃctima de su intriga. Ya se lo dije en Londres, Watson, y se lo repito ahora: nunca hemos encontrado otro enemigo más digno de nuestro acero.
—Siento que le haya visto, Holmes.
—Al principio también lo he sentido yo. Pero no se podÃa evitar.