El Sabueso de los Baskerville
El Sabueso de los Baskerville —No me cabe la menor duda de que la ansiedad y las inclemencias del tiempo le han hecho perder la cabeza. Ha echado a correr por el páramo enloquecido y ha terminado por caerse desde ahà y romperse el cuello.
—Parece la teorÃa más razonable —dijo Stapleton, acompañando sus palabras con un suspiro que a mà me pareció de alivio—. ¿Cuál es su opinión, señor Holmes?
Mi amigo hizo una inclinación de cabeza a manera de cumplido.
—Identifica usted muy pronto a las personas —dijo.
—Le hemos estado esperando desde que llegó el doctor Watson. Ha venido usted a tiempo de presenciar una tragedia.
—Asà es, efectivamente. No tengo la menor duda de que la explicación de mi amigo se ajusta plenamente a los hechos. Mañana volveré a Londres con un desagradable recuerdo.
—¿Regresa usted mañana?
—Ésa es mi intención.
—Espero que su visita haya arrojado alguna luz sobre estos acontecimientos que tanto nos han desconcertado. Holmes se encogió de hombros.
—No siempre se consigue el éxito deseado. Un investigador necesita hechos, no leyendas ni rumores. No ha sido un caso satisfactorio.